Para las hermanas Dacal, entrar a Atalaya432 fue como cruzar la puerta a un parque de diversiones de la costura: un hogar lleno de telas, máquinas, ideas, personas y miradas que invitan a jugar, desarmar, reconstruir y volver a imaginar el mundo desde la ropa.
Ubicado frente al Océano Pacífico, en lo alto de Playa Ancha, Atalaya es más que una casa-taller. Es un territorio creativo de tránsito, donde lo cotidiano y lo extraordinario conviven en armonía. En la planta baja, el taller respira al ritmo de las mesas de corte, las planchas encendidas y las máquinas industriales, bajo el cuidado de Conchita, maestra costurera y corazón técnico del espacio.
En medio de este universo textil, las Dacal encontraron también a Mechi, siempre alerta a las posibilidades invisibles de cada prenda; a Ágata, una joven de 13 años que viene a desarmar ropa con la seriedad de una diseñadora y la imaginación de una niña; y a estudiantes como Catta y Valentina, que viajan desde lejos para realizar sus prácticas en Docena, aportando saberes frescos y recetas sabrosas a los almuerzos compartidos.
La energía del lugar no sería la misma sin la presencia lúdica de Akira, habitante enérgico que corre por la casa con disfraces mutantes, encendiendo risas y dejando huellas mágicas en el día a día. Y por supuesto, están Gatti y Bocha, las mascotas oficiales del parque, que invitan al paseo, a la siesta y al encuentro con la calle.
Atalaya es luz, ritmo, afecto y producción. Es un lugar donde el descanso llega con la puesta de sol y la expectativa de cada nuevo día se siente en el aire. Las hermanas Dacal lo definieron así: “un taller que late, que escucha y que empuja”.
Desde Docena, celebramos su llegada como parte de una constelación que no deja de crecer. Porque aquí, cada une que entra cose una puntada nueva al imaginario colectivo, y en esa suma de gestos, la casa se transforma constantemente.






