Hace apenas dos días, la diseñadora y reportera gráfica Natalia Cerda llegó a Valparaíso, iniciando un nuevo capítulo en su recorrido creativo. Viajó sola en bus desde Santiago, en una decisión impulsiva y necesaria. En la prisa por partir, olvidó algunas cosas esenciales, pero no la disposición a vivir esta experiencia con apertura y sensibilidad.
A su llegada, fue recibida por Mariano, quien le mostró la casa-taller Atalaya432, donde residirá durante un mes. En la cocina, entre una cerveza compartida y un cigarro, comenzaron a conocerse. Esa misma noche, Natalia conoció a Brett, fotógrafo y filántropo estadounidense, y a Ema, músico argentino. El ambiente multicultural y horizontal de la casa la envolvió de inmediato: un hogar donde las disciplinas se cruzan, las comidas se comparten y las historias también.
Al día siguiente, aún desorientada por el cambio de ritmo, se encontró con Mechi en la cocina. A pesar de despertarse tarde, fue integrada sin juicio: la acompañaron a la tienda y le permitieron participar de una reunión con un potencial socio. Entre caminatas y conversaciones, Natalia fue observando, escuchando y siendo parte del tejido vivo que sostiene este proyecto colectivo.
Por la tarde, mantuvo una conversación sincera con Mariano sobre los términos de su residencia. Se discutieron ideas, tiempos y expectativas. Surgió una propuesta concreta: incorporar sus gráficos a una línea de ropa y accesorios inspirada en Valparaíso, pensada como un gesto accesible y con sentido territorial.
En el taller, Natalia revisó las prendas existentes, explorando texturas, cortes y posibilidades. En paralelo, los vínculos personales se fueron hilando con suavidad. Con Mechi compartió anécdotas, videos, referencias y afectos. En el encuentro íntimo, la casa fue cobrando forma también como refugio emocional.
Esa noche, aunque agotada, Natalia no pudo dormir. A las 3:00 a.m., pensaba en todo lo que quería hacer, documentar, y sentir durante su estancia. Decidió empezar por lo que más ama: la música. Así nació una playlist que acompaña su experiencia en Valparaíso, una banda sonora íntima de esta residencia que apenas comienza.
Desde Docena, celebramos esta llegada con todo lo que implica: el desarraigo, la curiosidad, la ternura y el fuego creativo de quien llega con ganas de mirar distinto. Natalia ya no solo observa Valparaíso: lo habita, lo borda y lo canta.








